Estrenada en Estados Unidos el 25 de diciembre de 1945, Que el Cielo la Juzgue (Leave Her to Heaven) arranca cuando el novelista Richard Harland (Cornel Wilde) conoce en un tren a la deslumbrante Ellen Berent (Gene Tierney). La atracción es inmediata y casi hipnótica: ella se muestra intensa, directa y decidida a ocupar un lugar central en la vida de él, mientras la aparente calma del viaje y el paisaje del suroeste contrastan con una energía emocional que ya sugiere tormenta.
El romance avanza a toda velocidad y la pareja se instala en el mundo cotidiano de Richard, donde la devoción de Ellen empieza a sentirse como una necesidad de exclusividad. A su alrededor orbitan vínculos que Ellen no está dispuesta a compartir: la leal Ruth Berent (Jeanne Crain), figura cercana y luminosa; la madre de Ellen, Mrs. Berent (Mary Philips); y el entorno familiar de Richard, incluido su hermano menor Danny Harland (Darryl Hickman). En ese escenario, lo romántico se vuelve inquietante: los gestos de amor se tiñen de control y cualquier “tercero” parece una amenaza.
La tensión se multiplica cuando reaparece el sofisticado Russell Quinton (Vincent Price), antiguo prometido de Ellen, y la historia se transforma en un duelo psicológico de miradas, silencios y verdades a medias. Sin revelar giros clave, la sinopsis se sostiene sobre una idea sencilla y venenosa: cuánto puede deformarse el amor cuando se confunde con posesión, y cómo una relación aparentemente perfecta puede convertirse en un territorio donde la cortesía es solo la máscara de una obsesión.
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