Esclavos de la tierra se estrenó el 15 de octubre de 1932 y llega desde el corazón del Hollywood pre-Code como un drama social de alto voltaje moral, ambientado en el sistema de aparcería y deudas que asfixiaba a los trabajadores del algodón en el sur de Estados Unidos. Dirigida por Michael Curtiz para First National / Warner, la película combina melodrama, denuncia y tensión de clase con una puesta en escena directa, más áspera de lo habitual en los estudios de la época.
Aunque el protagonista principal es Richard Barthelmess, la historia cinéfila recuerda el film por un motivo muy concreto: Bette Davis (aún en un papel secundario) irrumpe como la hija del terrateniente y se roba la función con una mezcla de descaro y magnetismo que anticipa su futura leyenda. La película quedó asociada para siempre a una línea de diálogo convertida en emblema de la actriz —un fogonazo de sexualidad y humor— que se cita una y otra vez al repasar sus primeros años en pantalla.
Basada en la novela “The Cabin in the Cotton” (Harry Harrison Kroll), la trama sitúa a un joven educado “por el patrón” entre dos fuegos: la lealtad a los suyos y la maquinaria de poder del propietario, mientras el conflicto laboral escala hacia la violencia y el linchamiento asoma como amenaza latente. Vista hoy, Esclavos de la tierra interesa no solo como documento de una época (tanto histórica como industrial, por su libertad pre-Code), sino como una película bisagra: cine social con nervio, retrato de clase sin barniz y una Davis emergente imponiendo carácter antes de reinar en los años dorados de Warner.
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