Estrenada en Estados Unidos el 1 de abril de 1950, Murallas de silencio —título español de One Way Street— arranca con el médico Dr. Frank Matson (James Mason) atrapado en el entorno criminal de John Wheeler (Dan Duryea): tras el golpe de una banda, Matson idea un plan para quedarse con el botín y huye a México acompañado por Laura Thorsen (Märta Torén), la mujer ligada al gánster, con la esperanza de cortar de raíz con su vida anterior.

La escapada los obliga a detenerse en un pequeño enclave mexicano donde Matson intenta pasar desapercibido y, al mismo tiempo, recuperar algo parecido a la dignidad profesional ejerciendo como médico entre gente humilde; en ese escenario cobra peso el padre Moreno (Basil Ruysdael), que funciona como brújula moral en medio de una historia de culpa, deseo de redención y sospechas constantes. Pero el pasado no tarda en proyectar su sombra: la violencia y la presión del mundo que dejaron atrás amenazan con reventar la tregua.

Sin revelar el destino de los personajes, la película se mueve como buen noir: cada decisión de Dr. Frank Matson (James Mason) y Laura Thorsen (Märta Torén) está condicionada por el dinero robado y la amenaza latente de John Wheeler (Dan Duryea), de modo que el supuesto refugio mexicano se convierte en una prueba de lealtades, nervios y moralidad en terreno hostil, con la sensación de que la huida es solo otra forma de persecución.