Charada arranca cuando Regina “Reggie” Lampert (Audrey Hepburn) conoce en unas vacaciones a un americano encantador que se presenta como Peter Joshua (Cary Grant). Al volver a París, Reggie descubre que su vida ha sido “vaciada” de golpe: su hogar está desmantelado, su matrimonio se rompe definitivamente y la policía —a través del inspector Edouard Grandpierre (Jacques Marin)— le confirma que algo terrible ha sucedido, dejándola en el centro de un misterio que no entiende. En busca de apoyo, solo parece poder contar con su amiga Sylvie Gaudel (Dominique Minot)… y con ese desconocido cuya ayuda llega demasiado oportunamente.
La situación se vuelve peligrosa cuando aparecen tres hombres ligados al pasado de su marido: Tex Panthollow (James Coburn), Herman Scobie (George Kennedy) y Leopold W. Gideon (Ned Glass), todos convencidos de que Reggie sabe dónde está un botín desaparecido. Al mismo tiempo, en la embajada le ponen contra las cuerdas con preguntas y advertencias que suenan oficiales, especialmente desde la figura de Hamilton Bartholomew (Walter Matthau). Entre amenazas, medias verdades y una ciudad que parece observarlo todo, Reggie debe decidir a quién creer cuando cada gesto amable puede esconder una trampa.
A partir de ahí, la película se convierte en un juego de gato y ratón por el París más elegante y más inquietante: persecuciones, encuentros calculados y pistas que apuntan a una fortuna que todos quieren y que nadie explica del todo. Joshua acompaña a Reggie mientras el relato mezcla romance, comedia y suspense con identidades borrosas y motivaciones siempre en duda. Sin revelar giros clave, Charada se disfruta como una caza del tesoro envenenada: cuanto más cerca está Reggie de comprender el pasado, más se estrecha el cerco sobre su presente.
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