Ben-Hur (1959) no es solo un clásico: es una de esas películas que explican por qué Hollywood se propuso “hacer historia” en pantalla grande. Dirigida por William Wyler y protagonizada por Charlton Heston, la cinta elevó el péplum a una dimensión casi industrial: espectáculo, dramatismo y artesanía cinematográfica unidos en una superproducción que todavía hoy se siente descomunal por escala, ritmo y ambición narrativa. Su prestigio quedó sellado con un récord que la acompañó durante décadas: 11 premios Oscar, incluyendo Mejor película, Mejor director y Mejor actor.

La fecha de estreno es un dato clave en su leyenda: Ben-Hur se estrenó (premiere) el 18 de noviembre de 1959 en el Loew’s State Theatre de Nueva York, un lanzamiento concebido como evento de gala que subrayaba que el cine, en plena era de competencia con la televisión, podía seguir ofreciendo algo “más grande que la vida”.

Pero reducirla a premios y gigantismo sería injusto. Lo que hace a Ben-Hur perdurable —y lo que destacan de forma consistente las grandes fichas y retrospectivas cinéfilas— es el equilibrio entre la intimidad del drama (amistad, traición, venganza, fe) y el músculo del espectáculo. Su rodaje y diseño de producción, con gran parte del trabajo realizado en Cinecittà (Roma) y una logística colosal para vestuario, decorados y extras, definieron el estándar de la superproducción clásica y convirtieron secuencias como la carrera de cuadrigas en una referencia técnica y emocional del cine de todos los tiempos.