Fatalidad (1931), titulada originalmente Dishonored, se estrenó primero en Nueva York el 5 de marzo de 1931 y llegó a salas estadounidenses el 4 de abril de 1931. La historia arranca en la Viena de la Primera Guerra Mundial, donde Marie Kolverer / Agente X-27 (Marlene Dietrich) pasa de sobrevivir en la calle a ser reclutada por el jefe del Servicio Secreto austríaco (Gustav von Seyffertitz) para detener una filtración letal en la inteligencia militar. Su primer gran objetivo es acercarse al sospechoso coronel von Hindau (Warner Oland), usando seducción, sangre fría y una disciplina férrea para moverse por salones y despachos donde cualquier gesto puede delatarla.

A medida que X-27 entra en juego, el caso se desplaza hacia un territorio más peligroso: el de los espías que no se atrapan solo con pruebas, sino con intuición y trampas a contrarreloj. En ese tablero aparece el coronel Kranau (Victor McLaglen), un agente rival tan perspicaz como imprevisible, que convierte cada encuentro en una partida de estrategia donde la atracción y la sospecha avanzan en paralelo. Entre casinos, claves, identidades cambiantes y vigilancia constante, la misión obliga a X-27 a improvisar y a asumir riesgos cada vez mayores sin poder confiar plenamente en nadie.

Sin entrar en giros decisivos, la película sostiene su tensión en una idea muy clara: para ganar información hay que acercarse demasiado al enemigo. En ese descenso a la zona gris del espionaje, X-27 debe mantener la lealtad a su país mientras el duelo con Kranau endurece la misión y la vuelve íntima, poniendo a prueba su temple en cada paso. Y cuando la operación exige cruzar fronteras y colarse donde un error se paga caro, también entra en escena el coronel Kovrin (Lew Cody) como una pieza más de un plan que se complica por momentos, siempre sin perder el pulso de thriller romántico de alto riesgo que la define.