Pocas películas han explicado tan bien cómo nace una leyenda como El hombre que mató a Liberty Valance. The Man Who Shot Liberty Valance, dirigida por John Ford y protagonizada por John Wayne y James Stewart, es un wéstern deliberadamente sombrío que cambia el paisaje épico por un tablero moral: el tránsito del territorio sin ley al Estado moderno. En Estados Unidos tuvo estreno limitado el 13 de abril de 1962 y estreno general el 22 de abril de 1962; en España llegó a salas el 5 de noviembre de 1962.

La información esencial que hoy manejan las fichas de referencia del cine (catálogos históricos, bases de datos de estrenos y portales clásicos) coincide en tres puntos que explican su estatus: su condición de wéstern en blanco y negro en plena era del color, su estructura en flashback —un senador vuelve al pasado para contar “lo que de verdad ocurrió”— y su reparto, con Lee Marvin como un villano casi “tóxico” para el pueblo, y Vera Miles aportando el pulso humano que el género a veces relegaba. Es una película que no solo narra un duelo: analiza quién se beneficia de la versión oficial.

Y ahí está la clave de su modernidad. En el corazón del relato late una sentencia que ha saltado del guion a la historia del cine: “Cuando la leyenda se convierte en hecho, imprime la leyenda.” No es un adorno; es la tesis. Ford filma cómo la violencia funda poder, cómo la prensa y la política lo empaquetan y cómo el héroe “correcto” puede ser un producto de necesidades colectivas más que de la verdad.