"Cuando la verdad te mira desde lejos"
En plena resaca de las grandes conmociones políticas de los años 60 y a las puertas del shock Watergate, Alan J. Pakula firma con El último testigo (título original: The Parallax View) uno de los thrillers políticos más incisivos de los setenta: un cine de pasillos, comisiones, corporaciones y silencios donde la sospecha se vuelve atmósfera. No es casual que se la sitúe como la segunda pieza de su célebre “trilogía de la paranoia”, entre Klute y Todos los hombres del presidente.
Con Warren Beatty como ancla, la película convierte la investigación periodística en un descenso a un ecosistema de poder opaco, donde lo importante no es solo “quién” mueve los hilos, sino la sensación —persistente— de que siempre hay alguien observando. La puesta en escena potencia esa incomodidad: distancias, encuadres que empequeñecen al protagonista y una frialdad visual que ha terminado por definir el tono paranoico de la década.
Trama
Todo arranca con un asesinato político durante un acto público en Seattle, en un escenario tan icónico como inquietante por su altura y exposición. A partir de ahí, un periodista (Joe Frady) empieza a detectar grietas en la versión oficial: testimonios que se apagan, piezas que no encajan y una serie de señales que apuntan a algo más organizado que un hecho aislado.
A medida que avanza, la investigación lo empuja a moverse por territorios cada vez más peligrosos: contactos ambiguos, instituciones que parecen cerrarse en banda y la intuición de que existe una estructura con recursos para fabricar relatos y borrar rastros. La película administra la información con inteligencia: lo que se ve es suficiente para inquietar, pero nunca tanto como para sentirse a salvo.
Anécdotas
- Está basada en la novela homónima de Loren Singer (1970), y su adaptación llevaba tiempo en desarrollo antes del rodaje.
- Pakula rodó en localizaciones reales muy reconocibles: la Space Needle de Seattle y la zona del Gorge Dam (Washington), que refuerzan esa sensación de realidad documental.
- La fotografía es de Gordon Willis, y su trabajo fue premiado por la National Society of Film Critics (reconocimiento compartido ese año).
- La película incluye una secuencia de montaje particularmente célebre por su uso de imágenes y palabras (“LOVE”, “ENEMY”, etc.) como herramienta de impacto psicológico; con el tiempo se ha convertido en una de las escenas más comentadas del cine conspirativo.
Motivo final para verla
Porque pocas películas retratan con tanta precisión —y con tanta potencia visual— el momento en que una democracia deja de parecer transparente y empieza a sentirse como un edificio de cristal lleno de sombras.
7'1
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