Butterfield 8 se estrenó comercialmente en Estados Unidos el 4 de noviembre de 1960 y es, a la vez, un melodrama de lujo y una radiografía incómoda de la alta sociedad neoyorquina. Dirigida por Daniel Mann y basada en la novela de John O’Hara, la película toma el brillo del Manhattan de escaparate y lo convierte en un escenario de juicio moral: fiestas, dinero fácil y relaciones marcadas por la conveniencia, donde el prestigio social pesa más que cualquier afecto.
El gran foco está en Elizabeth Taylor, cuya interpretación de Gloria Wandrous terminó siendo histórica: el papel le dio su primer Óscar a Mejor Actriz. La paradoja es parte de la leyenda del film: Taylor no consideraba el proyecto entre sus favoritos, pero el resultado en pantalla es de una intensidad poco complaciente, con una protagonista que oscila entre la autodefensa, la lucidez y el desgaste emocional. Esa tensión —la de una mujer intentando decidir quién es en un mundo empeñado en etiquetarla— es lo que mantiene vivo el film más allá de su época.
También es una película importante por lo que anuncia del Hollywood que viene: aunque aún bajo inercias de censura y “respeto” industrial, se acerca a temas de sexualidad, reputación y doble moral con una franqueza mayor que la habitual pocos años antes. Su título remite a un prefijo telefónico asociado a un servicio de contestación, cargando de subtexto la identidad pública y privada de la protagonista.
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