En la historia del cine clásico, pocas películas han retratado con tanta elegancia la colisión entre ambición social y culpa moral como Un lugar en el sol (1951). Dirigida por George Stevens y protagonizada por Montgomery Clift, Elizabeth Taylor y Shelley Winters, la cinta es una tragedia romántica con nervio de thriller: una de esas obras que parecen “glamorosas” en la superficie, pero que esconden una mirada demoledora sobre clase, deseo y oportunismo. Su estreno —en sentido estricto, la premiere— fue el 14 de agosto de 1951 en Los Ángeles.
La película adapta la tradición de An American Tragedy (Theodore Dreiser) desde un enfoque más íntimo y cinematográfico, con Stevens buscando una emoción contenida y moderna: Clift encarna a un joven atrapado entre dos mundos, seducido por el brillo de la alta sociedad (Taylor) mientras una relación previa y asfixiante (Winters) se convierte en una cuenta atrás. La historia, tal como la sintetizan las grandes referencias críticas y enciclopédicas del cine, funciona como radiografía del “sueño americano” cuando el ascenso social exige un precio moral.
Ese prestigio no es una impresión retrospectiva: Un lugar en el sol fue un éxito crítico y de premios, con 6 Oscars (incluyendo Dirección, Guion adaptado, Fotografía B/N, Montaje, Vestuario B/N y Música) y nominaciones de peso como Película, Actor (Clift) y Actriz (Winters). Además, décadas después fue incorporada al National Film Registry en 1991, un sello institucional para películas consideradas relevantes por su valor cultural e histórico.
7'7
Compartir