La Diligencia (Stagecoach, 1939) no es solo un título imprescindible del cine clásico: es el punto de inflexión que transformó el western en “cine grande”. Dirigida por John Ford y producida por Walter Wanger, la película condensa en un trayecto por territorio apache una idea que luego copiaría medio Hollywood: juntar a desconocidos con conflictos morales opuestos, encerrarlos en un espacio reducido y dejar que el peligro —externo e interno— revele quiénes son de verdad. La Enciclopedia Britannica subraya precisamente esa cualidad: acción de alto voltaje, sí, pero también profundidad psicológica y mirada adulta sobre los personajes.
La cinta fue además el gran salto de John Wayne a primera fila. Hasta entonces había pasado por producciones menores, pero aquí aparece por primera vez con el aura de estrella que el cine necesitaba: carisma seco, presencia física y una mezcla de dureza y vulnerabilidad que define al héroe clásico. No es casual que la crítica la considere una obra de referencia y que se repita una anécdota ya casi canónica: Orson Welles la estudió como “manual” de lenguaje cinematográfico, visionándola decenas de veces antes de abordar Ciudadano Kane.
Estrenada el 3 de marzo de 1939, La Diligencia fue también un éxito de prestigio: recibió siete nominaciones al Oscar y ganó dos, incluido el de Mejor Actor de Reparto para Thomas Mitchell (su inolvidable Doc Boone). En conjunto, dirección, montaje, fotografía y ritmo convierten el viaje a Lordsburg en una experiencia de suspense casi perfecta: cada parada aprieta el nudo, cada mirada cuenta, y el relato avanza con una claridad que sigue siendo ejemplar para el cine de acción narrativo.
7'8
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