El Silencio (1963) es una de las obras más influyentes —y más incómodas— de Ingmar Bergman: un drama en blanco y negro que lleva la crisis espiritual y afectiva a un territorio casi físico, como si el aire pesara. Su estreno original fue el 23 de septiembre de 1963 en Fontänen (Estocolmo), una fecha que coincide en las fichas de referencia más fiables sobre la filmografía del director.

La historia se concentra en dos hermanas —la intelectual y enferma Ester (Ingrid Thulin) y la sensual Anna (Gunnel Lindblom)— que viajan con el niño Johan (Jörgen Lindström) y se ven obligadas a detenerse en un hotel de un país extranjero que parece prepararse para la guerra. Allí, la barrera del idioma, el calor, la enfermedad y el resentimiento convierten lo cotidiano en una cámara de presión emocional: la película no “explica” tanto como encierra al espectador dentro del conflicto.

Contrastada entre “las grandes” —la base oficial de la producción de Bergman, The Criterion Collection y British Film Institute—, la lectura coincide en dos claves: es el cierre de la llamada trilogía temáticamente relacionada sobre la fe y, al mismo tiempo, una de las películas más controvertidas del autor por su tratamiento explícito del deseo y la humillación (hasta el punto de sufrir recortes en su estreno británico). Ese choque entre prestigio artístico y provocación frontal es parte de su potencia: aquí el silencio no es ausencia, es un lenguaje alternativo, brutal.