Estrenada el 13 de marzo de 1957, Solo Dios lo sabe (Heaven Knows, Mr. Allison) sitúa la acción en 1944, en pleno Pacífico: el cabo de los marines Henry Allison (Robert Mitchum) sobrevive a un naufragio y alcanza una isla que parece deshabitada. Allí encuentra una pequeña misión y a su única ocupante humana, la novicia irlandesa sor Ángela (Deborah Kerr), que se aferra a sus votos y a la idea de que no está “sola” aunque no haya nadie más. El encuentro, incómodo y providencial a la vez, establece un pacto tácito: sobrevivir sin traicionarse a sí mismos.

Mientras Allison intenta imponer la lógica del soldado —comida, refugio, señales, vigilancia—, Ángela sostiene la disciplina de la fe y la dignidad del deber, incluso en un lugar donde la guerra parece haber borrado las reglas. La convivencia obliga a ambos a negociar límites: él, acostumbrado a mandar y desconfiar; ella, entrenada para resistir sin ceder en lo esencial. La isla, con su belleza engañosa, funciona como una trampa moral: cada decisión cotidiana pesa como si fuera definitiva.

La tensión se dispara cuando la presencia del conflicto se materializa y el escondite deja de ser un refugio: Allison y Ángela deben moverse con cautela, cooperar en silencio y asumir riesgos crecientes para no ser descubiertos. Entre la amenaza exterior y la fricción íntima, el vínculo entre Henry Allison (Robert Mitchum) y sor Ángela (Deborah Kerr) evoluciona hacia una alianza frágil, marcada por el respeto y por aquello que ninguno de los dos puede nombrar sin romper algo. Todo avanza en un equilibrio precario donde sobrevivir no es solo resistir, sino también mantener intacta la propia identidad.