Khartoum sitúa al espectador en el Sudán de 1883, cuando la rebelión liderada por Muhammad Ahmad “el Mahdi” (Laurence Olivier) desestabiliza la región tras una derrota que sacude a las autoridades egipcias y alarma a la opinión pública británica. En Londres, el primer ministro William Ewart Gladstone (Ralph Richardson) intenta evitar una intervención militar a gran escala, pero la presión política le empuja a recurrir a un hombre tan célebre como incómodo: el general Charles “Chinese” Gordon (Charlton Heston), enviado a la ciudad de Jartum con una misión que, sobre el papel, parece limitada.

Una vez en el terreno, Gordon viaja con su ayudante, el coronel John Stewart (Richard Johnson), y se mueve entre la diplomacia, la urgencia humanitaria y la necesidad de sostener el orden en una plaza cada vez más frágil. En paralelo, la administración imperial se representa a través de figuras como Sir Evelyn Baring (Alexander Knox) y el cálculo político de Lord Granville (Michael Hordern), mientras Gordon busca soluciones prácticas —incluida la posibilidad de apoyarse en líderes locales como Zobeir Pasha (Zia Mohyeddin)— para ganar tiempo y mantener abierta una salida antes de que la situación se cierre sobre la ciudad.

Con el cerco estrechándose y la distancia entre las órdenes oficiales y la realidad del terreno haciéndose insostenible, la historia se convierte en un pulso de voluntad: Gordon intenta imponer una estrategia defensiva y un sentido de deber personal, mientras el Mahdi sostiene su causa con convicción absoluta, y desde Europa se debate si enviar o no un rescate encabezado por el general Wolseley (Nigel Green). Y aunque en portales de referencia suele presentarse ante todo como un gran drama histórico bélico, su sinopsis funciona mejor como el relato de una confrontación política y moral entre dos líderes irreconciliables, con la ciudad como tablero y el tiempo como enemigo.