Whit Bissell

Whit Bissell

Lugar de nacimiento: Nueva York (Estados Unidos) Cumpleaños: 25 October 1909 Biografía:

Whit Bissell (nombre completo Whitner Nutting Bissell) fue uno de esos rostros imprescindibles del Hollywood clásico: un actor de carácter capaz de elevar cualquier escena con inteligencia, autoridad y un punto de ambigüedad moral. Nació el 25 de octubre de 1909 en Nueva York (Nueva York, EE. UU.), y desarrolló una carrera larguísima entre cine y televisión, con una presencia especialmente reconocible en el thriller, el drama judicial y, sobre todo, en la ciencia ficción y el terror de los años cincuenta. Su físico sobrio, su dicción impecable y esa manera de “parecer siempre el hombre que sabe algo más” lo convirtieron en el candidato ideal para interpretar doctores, políticos, militares, científicos o directivos a los que conviene escuchar… o temer.

En cine, Bissell dejó títulos clave (en español) en varios géneros, pero brilló con especial fuerza en el fantástico y el suspense. Está en La mujer y el monstruo (1954), uno de los grandes iconos del terror clásico; aparece en La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), piedra angular de la ciencia ficción paranoica; y también figura en el western-coral Los siete magníficos (1960). En la gran pantalla fue además secundario de lujo en El motín del Caine (1954), y en los sesenta y setenta encadenó películas muy recordadas como El tiempo en sus manos (1960) —título con el que se estrenó ampliamente The Time Machine—, Hud, el más salvaje entre mil (1963) y la distopía Cuando el destino nos alcance (1973), donde su perfil encajaba como anillo al dedo en historias sobre poder, instituciones y secretos.

Su prestigio, sin embargo, no se explica solo por “estar” en películas importantes, sino por el tipo de presencia que aportaba: Bissell era el actor perfecto para representar la cara oficial del sistema (y sus grietas). A menudo interpretaba figuras que encarnan la confianza pública —médicos, científicos, autoridades—, pero con un matiz inquietante: su serenidad podía ser tranquilizadora o amenazante, según lo exigiera la escena. Ese registro lo convirtió en un secundario inolvidable del cine clásico, de los que no siempre van en el primer cartel, pero sostienen la película desde dentro y se quedan en la memoria del espectador mucho después de los créditos.