Judith Anderson

Judith Anderson

Lugar de nacimiento: Kent Town, Adelaida (Australia Meridional) Cumpleaños: Biografía:

Judith Anderson (nombre real Frances Margaret Anderson) nació el 10 de febrero de 1897 en Kent Town, Adelaida (Australia Meridional). Forjada primero como actriz teatral, fue una intérprete de enorme prestigio en escena antes de convertirse en rostro inolvidable del cine clásico: su estilo —severo, magnético, de dicción impecable y presencia casi “regia”— la convirtió en una especialista natural para personajes de autoridad, misterio y drama. Con el tiempo sería reconocida con importantes galardones en teatro y televisión, además de una célebre nominación cinematográfica que consolidó su leyenda.

En el cine, su papel más recordado es el de la inquietante ama de llaves Mrs. Danvers en Rebeca (1940), una interpretación tan poderosa que marcó para siempre la iconografía del thriller gótico y le valió una nominación al Óscar como actriz de reparto. A partir de ahí, su filmografía se llenó de títulos esenciales del Hollywood clásico, donde aportó intensidad y carácter incluso en minutos limitados: Laura (1944), el misterio sofisticado por excelencia; El extraño amor de Martha Ivers (1946), con su atmósfera de cine negro; y La gata sobre el tejado de zinc (1958), donde encarna con contundencia a “Big Mama”. También dejó huella en el suspense de Y no quedó ninguno (1945, conocida durante décadas como Diez negritos en algunos países), confirmando su afinidad con relatos cerrados, tensos y psicológicos.

Si hay una película que demuestra su rango más allá del noir y el drama, esa es Los diez mandamientos (1956), superproducción bíblica en la que su presencia añade gravedad y solemnidad al conjunto. Pero reducir a Judith Anderson a una lista de títulos sería quedarse corto: su importancia reside en cómo elevaba cada escena, dotando a sus personajes de un trasfondo emocional complejo, ya fueran siniestros, vulnerables o dominantes. Por eso sigue siendo una figura imprescindible para cualquier aficionado al cine clásico: porque encarna esa estirpe de actrices que no “interpretan” únicamente, sino que imponen atmósfera y convierten un personaje secundario en algo imposible de olvidar.