Jay C. Flippen
Lugar de nacimiento: Little Rock, Arkansas (EE. UU.) Cumpleaños: Biografía:Jay C. Flippen (John Constantine Flippen Jr.) nació el 6 de marzo de 1899 en Little Rock, Arkansas (EE. UU.), y falleció el 3 de febrero de 1971 en Los Ángeles, California. Fue uno de esos actores de reparto imprescindibles del Hollywood clásico: rostro curtido, voz áspera y una presencia capaz de robar planos sin necesidad de protagonismo. Antes de consolidarse en el cine, trabajó durante años como cómico y maestro de ceremonias en el vodevil, y esa experiencia se nota en su sentido del ritmo, su ironía seca y su facilidad para componer “tipos” reconocibles: sargentos de hierro, policías cansados, tahúres de moral dudosa o delincuentes de barrio con más resignación que glamour.
Si hubiera que resumir su filmografía en una vitrina de títulos esenciales (en español), Flippen brilla especialmente en el cine negro y en el western de los 50. En noir, es memorable en “Fuerza bruta” (1947), el duro drama carcelario de Jules Dassin, y en “Los amantes de la noche” (1948), donde aporta humanidad áspera a un relato de fugitivos. Ya en la década siguiente, queda ligado para siempre a Kubrick por “Atraco perfecto” (1956), una pieza clave del thriller criminal. En el western, su nombre se asocia a la etapa de Anthony Mann con James Stewart: aparece en “Winchester 73” (1950), en “Horizontes lejanos” (1952) —conocida también como “Tierra y esperanza” en algunos países— y en “Tierras lejanas” (1954). Y, ampliando registro, participa en el drama rural “Río salvaje” (1960) y en cine bélico con “Infierno en las nubes” (1951), confirmando esa cualidad suya de “pegamento” dramático: el actor que hace creíble el mundo alrededor del héroe.
En sus últimos años siguió trabajando con regularidad en cine y televisión, manteniendo ese perfil de secundario sólido que sostenía escenas enteras con dos gestos y una frase. Una anécdota muy citada de su etapa final es que durante el rodaje de “Cat Ballou” (1965) sufrió una complicación médica que terminó en la amputación de una pierna, y aun así continuó vinculado al oficio, ejemplificando la dureza de una generación de intérpretes acostumbrada a no detenerse. Su legado, visto hoy, es el del gran character actor: quizá no encabezó carteles, pero aparece una y otra vez en clásicos mayores, y cuando lo reconoces en pantalla entiendes por qué el cine de estudio funcionaba como un reloj—porque siempre había alguien como Jay C. Flippen asegurando autenticidad, peso y verdad en el margen.