Henry Hathaway

Henry Hathaway

Lugar de nacimiento: Sacramento, California, Estados Unidos Cumpleaños: Biografía:

Henry Hathaway (Sacramento, California, 13 de marzo de 1898 – Los Ángeles, California, 11 de febrero de 1985) fue uno de esos directores “todoterreno” del Hollywood clásico capaces de moverse con autoridad entre géneros sin perder una firma reconocible: narrativa directa, pulso robusto y un instinto muy seguro para el ritmo dramático. A lo largo de varias décadas consolidó una carrera enorme dentro del sistema de estudios, y aunque a veces se le etiqueta sobre todo como director de westerns, su filmografía demuestra una versatilidad poco común: cine negro, espionaje, aventuras, bélico y gran espectáculo, siempre con una puesta en escena eficaz y una clara prioridad por la historia.

Entre sus películas más importantes (en títulos en español) destaca “Tres lanceros bengalíes” (1935), el gran salto a la primera línea y el título que le dio prestigio industrial; ya en la posguerra firmó obras esenciales del realismo de espionaje como “La casa de la calle 92” (1945), y dentro del cine negro dejó huella con “El beso de la muerte” (1947), célebre por su dureza y su galería de personajes. En los años 50 dirigió el thriller en color “Niágara” (1953), conocido también como “Torrente pasional” en algunos países, película clave en la consolidación del mito de Marilyn Monroe y una rara avis dentro del noir por su tratamiento visual. Hathaway también supo manejar el cine de gran formato: participó como director en “La conquista del Oeste” (1962), uno de los grandes hitos del espectáculo épico de su tiempo.

En su etapa final, Hathaway reforzó su condición de artesano mayor del western con títulos populares y muy influyentes: “Los cuatro hijos de Katie Elder” (1965) y “Valor de ley” (1969) —estrenada como “Temple de acero” en Argentina—, que sigue siendo uno de los grandes éxitos tardíos del género. Su importancia no se mide solo por una “obra maestra” única, sino por la consistencia: pocas filmografías atraviesan tantos estilos y épocas con un nivel tan alto de oficio. Si hoy su nombre merece reivindicación es porque representa como pocos el corazón del cine clásico: películas sólidas, narración limpia, personajes con peso y una capacidad extraordinaria para convertir material popular en cine que perdura.