CINE: Las 10 mejores películas de 2023 (2ª parte de 2)

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CINE: Las 10 mejores películas de 2023 (2ª parte de 2)

Texto por GERARDO CREMER

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Segunda y última parte:

Con las cinco mejores películas ordenadas de la quinta a la primera: ‘Fallen leaves’, ‘Los asesinos de la luna’, ‘Vidas pasadas’, ‘Los Fabelman’ y la número 1, ‘La belleza y el dolor’ de Laura Poitras.

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En la primera parte, la del post anterior, se repasaron lo filmes entre la 10ª y la 6ª posición: ‘Almas en pena en Inisherin’, ‘Anatomía de una caída’, ‘El caftán azul’, ‘Spider-man: cruzando el multiverso’ y ‘Cerrar los ojos’.

Número 5: ‘Fallen leaves’, de Aki Kaurismäki (Finlandia)

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Aki Kaurismäki parece retornar con ‘Fallen leaves’ a su estilo más reconocido, alejándose de la línea europeísta de los dos últimos films precedentes. A pesar de ello, en esa Finlandia encerrada entre dos mundos políticos (Rusia y Europa), se dejan oír los sufrimientos del exterior, en este caso las noticias de la guerra de Ucrania a través de antiguos transistores, aparatos del siglo pasado.

‘Fallen leaves’ tiene un título que nos recuerda al cine de Yasujiro Ozu. En el cine de Ozu, como gran parte de la cinematografía japonesa, apenas hay espacio fuera de los barrios donde suceden los hechos. La impermeabilidad hacia el exterior es casi total y la identidad de la nación se identifica por sus costumbres, su nacionalismo, su aislacionismo. Ozu concentraba sus constructos fílmicos en las familias, desvelando siempre fisuras en su estabilidad al ver cómo el progreso social y la apertura al mundo sacrificaban los vínculos de sangre en favor del individualismo. En ‘Fallen leaves’ es al revés: el exterior no termina de impregnar a la sociedad finlandesa. La amenaza de Rusia se escucha, pero no es suficiente para que los finlandeses reaccionen. Estamos lejos de la manera hiperrealista, espectacularizada de mostrar la guerra que conocemos en Europa: no hay televisiones, sino una antigua radio a la que le cuesta sintonizar la emisora.

Así, como en el cine de Ozu, los ciudadanos optan por sus problemas personales, insignificantes frente a la catástrofe bélica, antes que implicarse en temas políticos del exterior que sobrepasan sus vidas. Por otra parte, al contrario de Ozu, en el cine de Kaurismäki las familias no existen. Existe el deseo de vivir en compañía. La soledad social empuja a la unión, mientras en Ozu el exceso de tradición empuja a la separación, a la vida en soledad.

‘Fallen leaves’ abandona lo exterior para regresar a fórmulas conocidas del director finlandés. En cierta forma, es la presentación del plato estrella de un gran cocinero, esta vez con ingredientes de primera calidad y con una perfecta proporción de los condimentos introducidos. En cualquier caso, se aprecian siempre pequeños movimientos diferenciales que la alejan levemente de sus dos (casi tres) trilogías anteriores.

Encuentro en esta última película de Kaurismäki un gran parecido con ‘Tiempos modernos’ (1936) de Charles Chaplin. Las condiciones alienantes del trabajo, la pérdida del empleo, la influencia política externa (el comunismo) que no llega a calar en los personajes, la historia de amor que surge como necesidad de solidaridad y supervivencia personal, y la aceptación de la vida tal como es, sin un rumbo claro en su camino. En la escena final, cuando la pareja parte sin destino definido, Holappa le pregunta por el nombre de su perro. Ella le dice que se llama Chaplin.

En su trilogía del proletariado había cierto pesimismo, y en su trilogía de los perdedores había aliento capriano. En ‘Fallen leaves’ hay conformidad con lo que es cada uno.

Número 4: ‘Los asesinos de la luna’, de Martin Scorsese (USA)

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Basado en hechos reales, sobre los acontecimientos ocurridos en la reserva india Osage desde finales de la I Guerra Mundial hasta finales de los años 20, ‘Los asesinos de la luna’ es el relato de estos hechos narrados desde tres puntos de vista: el del propietario y ganadero William Hale (Robert De Niro), el de su sobrino, el ambicioso pero corto Ernest Burkhart (Leonardo DiCaprio), y el de su esposa india, Molly Kyle (Lily Gladstone).

Scorsese compone un lienzo histórico, dando predominancia al diseño de producción (realizado por el veterano Jack Fish) y nos sitúa en un tiempo de transición, donde aquellos espacios relacionados con el western americano van transformándose internamente, no sólo en lo relacionado con los avances tecnológicos (el automóvil que sustituye al caballo), sino también en su naturaleza y estructuras internas. La secuencia de inicio evidencia ese cambio que, principalmente, genera el dinero. Los jefes tribales de la reserva india Osage reunidos en una de sus tiendas lamentan su situación de pobreza económica. Scorsese recurre a la fuerza icónica de la imagen del western sobre los indios (en especial la crepuscular ‘El gran combate’ de John Ford, 1964) para poco después romperla con la aparición sorpresiva del petróleo.

Un movimiento de cámara lenta y la irrupción de la guitarra eléctrica de la música del recientemente fallecido Robbie Robertson (en el tema ‘Osage oil boom’), al que siguen una serie de fotografías y secuencias semi-documentales en blanco y negro, dejan constancia del origen de ese cambio: la materia prima que pasa a transformarse en dinero, en poder, y la introducción de la economía capitalista en esas formas de vida que antes estaban supeditadas al nomadismo, a la tierra, a rituales propios de una sociedad salvaje obligada a llevar una existencia tranquila, más tradicional. Esta intromisión sorpresiva del capital alienta la llegada de colonos, de raza blanca, a ese entorno indio, y cómo esas mentes pensantes que van a saber utilizar el dinero para invertir, para gestionar el imparable progreso que va asentándose en los Estados Unidos.

Y aquí entra en escena el personaje de William Hale (De Niro), figura risueña, afable con el pueblo indio, exhibiendo una imagen del abuelo altruista y bonachón pero que interiormente esconde la perversidad del codicioso: al mismo tiempo que desarrolla la ciudad, él se enriquece, apoderándose de sus bienes y destruyendo al contrario desde dentro. Su poder se relaciona con los gangsters y la mafia: William actúa desde el poder jerárquico, dando las órdenes, en el interior de su casa, en ese juego de luces y oscuridad que crean los espacios cerrados. Su maldad queda identificada en una secuencia lynchiana, desarrollada en una habitación alta y desnuda, de suelo ajedrezado, donde William impone a su sobrino Ernest un infantil castigo de azotes en el trasero. Lo que vamos a experimentar en ‘Los asesinos de la luna’ es ese tránsito del western tardío al capitalismo mafioso, insaciable en su avaricia, que destruye al más débil.

Número 3: ‘Vidas pasadas’, de Celine Song (USA)

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En ‘Vidas pasadas’ la emoción nace de las imágenes, de los encuadres, de los gestos y reacciones de los actores. La emoción se crea cuando nuestra identificación con la ficción es total, sea cual sea el mecanismo utilizado por el director para lograrlo. No se trata tanto de la historia que nos cuentan sino, más bien, de la magia de percibir que la película está hecha solo para nosotros, como si los creadores del film conociesen nuestra fibra sensible. Esa fuerza que emana de los planos, de un elegante clasicismo, respira el cine del influyente y desaparecido cineasta taiwanés Edward Yang a través de sus imágenes, especialmente en su primera parte (la infancia) y en la parte final, en el encuentro en Nueva York.

La directora Celine Song nace en Corea del Sur en 1988 y se traslada a USA al comienzo de su adolescencia. La película que nos ocupa, su ópera prima como directora, versa sobre Nora (Greta Lee) y Hae Sung (Tae-o Yoo), dos chicos que se enamoran a los doce años y cuya relación queda interrumpida cuando Nora debe emigrar a los Estados Unidos con sus padres, aunque su amor no desaparece por completo. Celine, a diferencia de Yang, ha vivido tanto en oriente como en occidente y su mirada tiene esa objetividad que permite evaluar (con un grado de reflexión importante) el proceso de occidentalización de su país. Este progreso, enfrentado al deseo de lo “tradicional”, está continuamente presente en el film, aunque se mimetiza plenamente con los conflictos de “pequeña escala”. Por ejemplo, el protagonista, Hae Sung, tiene que realizar el servicio militar obligatorio de año y medio y sufre las dificultades para encontrar empleo, a pesar de su buena formación académica.

Lo que Edward Yang realizaba en metrajes largos (las cuatro horas de ‘Un día de verano’) para tratar de hacer entendible ese proceso de asimilación de renuncia de los sentimientos verdaderos (anclados a lo tradicional) debido a los condicionantes externos (lo histórico, el progreso), Celine Song lo hace mediante largas elipsis narrativas, dejando la acción reducida a ciertos encuentros entre Nora y Hae Sung.

La secuencia de inicio, donde la voz de la directora hace una pregunta al espectador, proviene de la autobiografía de la autora. Esos tres personajes, una mujer y un hombre coreanos, junto a un hombre americano que les observa, los tres sentados frente a la barra de un bar: un momento vivido por la propia Celine Song y que inspira el relato de la película. Celine Song recurrirá, como Yang, al clasicismo (cine de conflictos, de cargada dramaturgia, de cuidados y sentidos diálogos, de belleza formal), pero sabiendo que el poso histórico, el recuerdo, se adentra en formas visuales más propias al modernismo cinematográfico. La gran forma y la pequeña forma, clasicismo y modernidad, existen tanto en el cine de Yang como en el de Celine Song.

 

Número 2: ‘Los Fabelman’, de Steven Spielberg (USA)

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En ‘Los Fabelman’, el joven protagonista Sam (Gabriel LaBelle), hijo de Mitzi (Michelle Williams) y de Burt Fabelman (Paul Dano), encuentra su vocación en el cine tras ver en pantalla grande, con sus padres, ‘El mayor espectáculo del mundo’ (1952), de Cecil B. DeMille. Al comienzo era miedo por la preeminencia de la imagen desproporcionada, pero Sam Fabelman pronto asimila que la fuerza del cine consiste en generar emociones a partir de la identificación, el movimiento, el montaje. La secuencia que le motiva dedicar su vida al cine es la de un choque de trenes. Sam tratará de recrear el momento filmando por su cuenta usando un tren eléctrico de juguete. La primera lectura de ‘Los Fabelman’ está dedicada a la creación del cine; a la magia implícita de la proyección de las imágenes, como las sombras de sus manos proyectadas contra la pared mediante una luz trasera, simulando formas de animales.

Estamos más cerca que nunca del cine de Ingmar Bergman (‘Fanny y Alexander’, 1982) en esos recuerdos de la infancia asociados a las imágenes cinematográficas. Ya que, indudablemente y aunque introduciendo elementos de ficción, Sam Fabelman es Steven Spielberg como Alexander era Bergman. En ‘Los Fabelman’ la dramaturgia relativa a Sam parece clara desde el comienzo: su objetivo es hacer cine y sus conflictos son:

a) externos: su condición de judío, y los continuos cambios de hogar ocasionados por los desplazamientos laborales de su padre;

b) personal: demostrar a los demás, en especial su padre, su valía como artista.

Pero el conflicto interno, mucho más sutil, más inquietante, surge al descubrir esa capacidad ontológica del cine, esa imposibilidad de ocultar la realidad implícita al cine. Hasta antes de la excursión campestre con sus padres, sus hermanas y el amigo de su padre, Bennie (Seth Rogen), Sam encontraba el cine como una diversión, absorbente, casi vampírica, pero siempre suscrita al ámbito de la ficción. Hasta que su tío Boris (Judd Hirsch) le lanza una premonición: «El arte te dará coronas en el cielo y laureles en la tierra. Pero te arrancará el corazón y te dejará solo». Y hablando de su madre: «Lo que ella tiene en el corazón, lo que yo tengo, es arte. Como tú, creo. Somos yonquis, y el arte es nuestra droga».

Va a ser después de esa excursión cuando Sam descubra, durante el montaje de las imágenes filmadas, la verdad silenciosa, la realidad que nunca puede ocultarse cuando es filmada por la cámara. En los límites del encuadre, la mano de Bennie rodea cariñosamente la cintura de su madre Mitzi. El conflicto interno de Sam, el más doloroso, es que el cine le hace ser consciente de la realidad, con una antelación suficiente a que los sucesos estallen. Sam descubre que el misterio del cine reside en hacerle consciente de la vida en toda su dimensión, alejándole del egocentrismo propio de la adolescencia. Los planos de Mitzi y Bennie le abren a la tragedia que se cierne sobre su familia, la melancolía de su madre, la tristeza de su padre, lo inevitable de las pasiones subterráneas. Las imágenes escarban en la interioridad de uno, retratándolo en su verdadera sustancia.

 

Número 1: ‘La belleza y el dolor’, de Laura Poitras (USA)

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‘La belleza y el dolor’ es un documental biográfico sobre la fotógrafa estadunidense Nan Goldin (Washington DC, 1953) que puede clasificarse dentro de las modalidades del cine documental, tanto en su vertiente reflexiva, como poética, participativa, performativa y expositiva. Esta variedad narrativa es una de las muchas riquezas de esta excelente película, que salta desde los sentimientos más íntimos de la artista a la crítica política y social de su país.

La película, gracias a la capacidad de Laura Poitras (y a la colaboración de la propia Goldin) para transmitir al espectador la forma de pensar, los sentimientos más íntimos, la mirada abierta al mundo (la belleza), el sufrimiento, la depresión (el dolor), la dependencia a la oxicodina, la devastación del SIDA, el activismo político y la lucha personal contra las empresas farmacéuticas, en definitiva, contra el poder del capital, que lleva a cabo Nan Goldin a lo largo de su vida.

Poitras cede la palabra a la fotógrafa (aunque algunas veces le escuchamos a ella preguntando o solicitando una mayor introspección en los sentimientos de la artista) y es la propia Nan Goldin la que conduce el relato, no siempre de manera cronológica (éste es otro de los aciertos de Poitras), a través de sus álbumes fotográficos y la selección de canciones de la época.

Goldin fue una fotógrafa contracultural, que se movió en la cultura underground, el punk, convirtiendo sus experiencias en trabajos fotográficos. Así, sus preferencias sexuales (su bisexualidad) le permiten introducir la cámara en los ambientes gais de los 70 y 80, y en su propia vida íntima, retratando de manera autobiográfica esa promiscuidad sexual sin censuras, sus experiencias con las drogas, sus relaciones con artistas del underground de la época, para acabar mostrando al mundo las consecuencias (en su propia persona) de la violencia de género y su dependencia con los medicamentos antidepresivos. Goldin, con los años y el poder que da la fama, decidió hacer una cruzada contra la familia Sackler, dueños de la farmacéutica Purdue Pharma, que tienen la patente del medicamento estrella antidepresivo: la oxicodina.

Laura Poitras conduce la película desde la intimidad y sensibilidad de la infancia de Nan Goldin hasta su rebeldía pública institucional. Lo sorprendente es que, gracias a Poitras y Goldin, somos capaces de entender las razones por las que la fotógrafa estadounidense optó por esa rebeldía tan radical. Todo se debió a una causa-origen, que fue el suicidio de su hermana mayor cuando ella era una adolescente. Y es que, si su hermana se quitó la vida, Nan Goldin decidió exponer la suya al público, mostrando en bruto aquellos momentos de belleza (a través de sus fotos) que nacieron del propio dolor por la muerte injusta de su hermana: ese extraño freno del ser humano para encontrar su propia felicidad y que Nan Goldin trató de sortear durante toda su vida.

Fin de la segunda y última parte.

(Nota del autor: en esta lista no se incluye o valora ninguna película que me queda por ver: ‘Godland’, ‘Holy spider’, ‘Decision to leave’, ‘Joyland’, ‘Asuntos familiares’, ‘Llaman a la puerta’, ‘Una bonita mañana’, ‘Saint Omer’, ‘Rimini’, ‘Klondike’, ‘La mujer de Tchaikovsky’, ‘El hijo’, ‘Los reyes del mundo’, ‘Las ocho montañas’, ‘Los osos no existen’, ‘Beau tiene miedo’, ‘A hundred flowers’, ‘Sisu’, ‘Eismayer’, ‘Trenque Lauquen’, ‘Fuego fatuo’, ‘Háblame’, ‘Passages’, ‘Monstruo’, ‘The old oak’, ‘Todos los nombres de Dios’, ‘La isla roja’, ‘El chico y la garza’, ‘El conde’, ‘El rapto’, ‘La maravillosa historia de Henry Sugar’ y ‘Cuando acecha la maldad’)

Artículo escrito y cedido por GERARDO CREMER de https://bilbaoenvivo.wordpress.com/

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